Respeto al que describe con palabras exactas los afectos, al que tiene claro en que consiste el amor, al que toma las decisiones adecuadas porque conoce las instrucciones del querer. Afortunados son aquellos que se saben de memoria la teoría y la aplican, implacables, en la práctica de vivir.

Yo me declaro ignorante en este campo, y sé lo que es querer, y sé lo que es amar con todo lo que soy y un poco más, pero ignoro los manejos, ignoro los límites y los más peligroso es que me declaro  estudiante rebelde a la hora de aprender lo que dictan los profesores. Quizás porque en el fondo pienso, quizás equivocada, quizás no, que se equivocan, porque no existen reglas matemáticas ni fórmulas en el amor.

No negaré, sin embargo, que he aprendido a fuerza bruta, cuatro o cinco reglas para sobrevivir a los golpes y fracasos, y he aprendido que todo se puede sobrellevar de mejor o peor manera. Sé, seguro, que la vida se reserva otras cuatro o cinco lecciones fundamentales. El camino es largo y la vida perra vieja.

Pero también sé que si uno no es capaz de luchar por lo que ama, está más muerto que vivo, y no entra en mis planes morir a los 28 años.

Así que en acto rebelde, o suicida, o valiente, o las tres cosas, me levanto insurgente contra rendirme sin batir las alas hasta la extenuación.

Y si todo lo que siento no es suficiente, aunque sienta que es tan grande que no me cabe dentro y amenaza en ocasiones con desbordarse. Si todo esto no es suficiente para salvar el mundo esta vez, esperaré paciente, porque necesito creer que si mantengo la esperanza y la ilusión, como un niño ante sus sueños, la vida siempre te brinda una nueva oportunidad de ser feliz. Lo importante es no dejarla pasar sin ni siquiera alargar la mano para sujetarla...