Cuando nos refugiamos en esos momentos que son sólo nuestros, te miro y me basta un segundo para entenderlo todo, para desear perderme contigo para siempre donde nadie nos encuentre, para querer tenerte siempre acurrucada entre mis brazos, para soñar lejos, para creer que todo es posible porque en  algún momento lo deseamos con tantas fuerzas que se podían escuchar los gritos sordos en medio del silencio.

Hoy te he visto, como tanta otras veces, te he visto por dentro, te he visto sonreír y me has hecho vibrar. Hoy he sentido que tu corazón bombeaba mi sangre, recorriendo cada parte de mi cuerpo hasta encontrarse con ese trocito que es sólo tuyo y hacerme temblar. Y como tantas otras veces me he sentido con fuerzas para todo, para destruir y volver a construir, para dejar de ser y volver a nacer, para reinventar una y otra vez las líneas de nuestra historia.

Porque nuestra historia es así, con miles de subidas y bajadas, con miles de cosas buenas y malas, con miles de momentos mágicos y otros que olvidaron sacar al conejo del sombrero. Pero es parte de la vida vivirla y no siempre es fácil, pero hay cosas por las que merece la pena luchar y sin duda lo que siento a tu lado es motivo más que suficiente para quemar mis naves en todas las batallas que se pongan por delante.

Y  estas líneas que te escribo surgen de la necesidad de hacerte saber que estoy aquí, a tu lado, caminando junto a ti, marcando poco a poco el ritmo de un "nosotras", dejando tiempo al tiempo para aprender a querernos cada día más y mejor. Y probablemente todo lo escrito no refleje todo lo que me gustaría explicarte porque es demasiado grande y complejo, aunque seguramente es todo mucho más sencillo porque quizás no necesite explicación. Todo se basa en algo que tú y yo conocemos perfectamente, que no es otra cosa que eso que sentimos cuando nos refugiamos en esos momentos que son sólo nuestros.