Tengo 30 años. He visto cosas que jamás habría querido ver. He vivido cosas maravillosas y otras no tanto. Me quedan otras mil escenas que ver y al menos otras tantas que vivir, otros cientos de escenarios que no he pisado y que espero pisar aunque sea de paso. He vivido, mejor o peor, pero he vivido. He soñado y sueño cada día, aunque hoy en día soñar sea una empresa complicada y no rendirse a la mediocridad una batalla de valientes o de ilusos. He peleado por aquello en lo que creo aunque a veces el miedo amenazara con hacerme retroceder. No he ganado muchas batallas, de hecho he perdido varias estrepitosamente, pero he ganado algunas sorprendentemente maravillosas.

Y son esas batallas ganadas y también aquellas perdidas con lección incluida, las que me han hecho libre. Libre para decidir qué quiero en mi vida y qué no. Libre para decidir quién soy, libre para equivocarme o acertar. Libre para elegir quién me acompaña en el viaje. Libre sin coartar la libertad de otros. Libre para elegir ser libre o esclava de las costumbres, de las tradiciones, de las conductas aprendidas. Libre de cadenas que no elegí.

Esa libertad me ha permitido aceptarme sin juzgarme, sentirme orgullosa de ser lo mucho o lo poco que soy. He aprendido a desaprender y ha sido una experiencia extraordinaria.

Juzgar es el camino fácil, no intentar entender lo que te cuesta comprender es salir por la puerta de atrás de la vida. No ampliar las miras es condenarse a la ceguera voluntaria. No aprender de los errores es el suicidio permanente y la intolerancia su mejor aliado. Y es tu decisión y sólo tuya, la de elegir si quieres perder la guerra de la vida.